El Místico

domingo, 4 de octubre de 2015

Mariano Sigman: "La ciencia ya puede leer lo que uno piensa"

Mariano Sigman: "La ciencia ya puede leer lo que uno piensa"

Neurocientífico estrella. Tiene 44 años y fue formado por premios Nobel. En su libro reciente "La vida secreta de la mente" indaga en los misterios de la conciencia.

Es una buena época para los neurocientíficos. La tecnología les permite ver, como nunca, el cerebro y su conexiones, el cerebro y las áreas que se activan frente a diferentes situaciones, el cerebro y su... pensamiento.
“La neurociencia le ha quitado opacidad al pensamiento humano. Es como si se hubiese levantado en cierta medida la cortina y uno pudiese ver en vivo y en directo la trama de la matriz. Quizás lo más extraordinario es cuando la tecnología de la neurociencia (N. de la R.: los dispositivos y programas que ayudan a estudiar el cerebro y la mente)nos permite ver lo que antes era invisible de nuestro propio pensamiento. Así como con la radiografía uno puede ver en el interior de su cuerpo y descubrir fracturas, fisuras, con esta tecnología podemos descifrar el pensamiento. Así podemos leer los sueños, acceder a elementos del inconsciente, que antes eran opacos e invisibles y hasta permitir en algunos casos conocer lo que piensa una persona en estado vegetativo”.
¿La ciencia ya puede leer el pensamiento? Sí. Lo afirma Mariano Sigman, un neuroinvestigador argentino que se formó en Nueva York, donde hizo un doctorado; y en París, donde cursó su posgrado. Con 44 años, es una de las promesas de la ciencia que durante su formación tuvo el privilegio de trabajar con dos Premios Nobel, uno de ellos, el neurobiólogo sueco Torsten Wiesel.
¿Cómo puede hacer esa lectura? Uno de los métodos que se utiliza es el de la resonancia magnética funcional, que capta imágenes del cerebro y permite compararlas con otras en diferentes situaciones. “La tecnología permite decodificar los patrones de la actividad cerebral. De esta forma podemos saber, por ejemplo, si un paciente vegetativo tiene o no conciencia. También podemos explorar el sueño y dilucidar si realmente sucedió tal como lo recordamos o si es una fábula creada por nuestro cerebro”, explica el científico.

El viaje. En una época en la que los libros de neurociencias son un boom editorial, Sigman también quiere sumar el suyo. En estos días saleLa vida secreta de la mente, que desgrana ideas sobre el funcionamiento cerebral y basa su atractivo en la sólida capacidad de Sigman como divulgador científico.
“Me gusta pensar la ciencia como un viaje que nos lleva a lugares desconocidos. Mi viaje es hacia nosotros mismos. Cómo razonamos, cómo decidimos, por qué recordamos y olvidamos. De todo eso trata La vida secreta de la mente”, explica. Y agrega: “Siempre tuve una visión particular de la neurociencia. Para mí, es un camino que sirve para entender mejor a los otros y a nosotros mismos. Y creo que esta búsqueda, en realidad, es ancestral y el motor de muchas disciplinas, como el cine, la literatura y el arte. La ciencia es una manera de abordar este viaje, un modo que a mí me gusta porque se construye experimentando. Experimentar, a veces, suena duro y firme, pero simplemente es ensayar, esbozar hipótesis, explorar rutas y caminos. Es una suerte de juego de niños”, reflexiona.
La vida. Sigman tiene dos hijos de 3 y 5 años, a los que les dedicó el libro. Y en ellos, seguramente, pudo aplicar lo que sabe del cerebro y la mente. “La vida secreta... tiene aplicaciones para la vida cotidiana. Entender cuál es el motor de la intuición o por qué elegimos cómo elegimos (a veces tozuda y equivocadamente y otras, con gran precisión). Así podemos dar explicaciones desde los hechos a preguntas de las que todos creemos tener respuestas. Por ejemplo: ¿es bueno que un chico estudie varios idiomas al mismo tiempo? Sí, porque no le produce confusión sino beneficios. Otra circunstancia muy común en una familia: un padre le pide desesperadamente a un bebé de tres meses que deje de llorar. ¿Sirve? No, porque le está pidiendo algo imposible. El bebé, a esa edad, aún no ha desarrollado la capacidad voluntaria de dirigir la atención adonde quiere. En cambio, sí ha desarrollado el sistema para atender estímulos externos, por lo que el llanto se calmaipso facto presentándole frente a sus ojos algo nuevo y llamativo”, alumbra el investigador.
La pasión. Sigman nació en Buenos Aires, pero creció en Barcelona. Y es hincha del equipo blaugrana. “Soy fanático y lo digo a sabiendas de que es un lugar común, pero en mi caso sucede que pasé toda mi infancia en esa ciudad. Es el club de mi vida, al que fui a ver los domingos a la cancha desde chico (cuando no ganaban nada, de hecho). Ahora se ha vuelto una moda, como la neurociencia.”
Egresado como físico de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, de la UBA, su formación es más que completa. “Nunca creí en la frontera que separa desde muy temprano al que le gusta la matemática y la ciencia del que ama las letras, las artes o lo humano. Toda mi carrera ha sido una suerte de batalla contra estas fronteras artificiales del conocimiento. Empecé a estudiar Economía pensando que eso daba un balance entre una actividad concreta, vinculada a lo social y a lo humano, con un posible abordaje más ameno a mi mundo abstracto de los números. Duré poco y luego hice Matemática y Física en la Universidad de Buenos Aires al mismo tiempo, pero ya sabiendo desde el comienzo que era un puente para una disciplina que recién asomaba con vigor en aquellos días: la neurociencia, que para mí es un estudio especular para tratar de entendernos a nosotros mismos.”
Como neuroinvestigador, se formó en Nueva York y en París. Algo más de su carrera: cuando cursaba Matemática se sacó 10 en todas las materias. Y camino a las neurociencias ganó importantes premios internacionales, como el Scholar Award de la McDonnell Foundation. 
¿De dónde viene la pasión por la matemática? “Me gustaba desde muy chico. De hecho, mi mamá cuenta que de pequeño descubrí la fórmula de cómo sumar 1+2+3+4 y así hasta cualquier número, y que salí corriendo a preguntarle a partir de qué edad podía ganarse el Premio Nobel.” Sigman no sabía que esa fórmula, n x (n +1) /2, se conocía desde hace años. “Mi mamá es bioquímica y mi papá, psiquiatra. Si bien no hay una traza directa, es difícil no pensar que exista un legado intelectual y afectivo en que hoy haga ciencia con la mente humana y con el órgano que la constituye”, comenta sobre los primeros pasos de su vocación.

Los maestros. Siempre hay un guía en el camino de la ciencia. En el caso de Sigman fue su director de tesis en la carrera de Física, Gabriel Mindlin. “Fue mi maestro en el sentido más pleno de la palabra. Con El Gabo aprendí cómo hacer y amar la ciencia y cómo desenvolverme como persona en este mundo tan intrincado. De Adrián Paenza mamé el gusto por contar la ciencia con palabras sencillas, evitando que sea pretenciosa o innecesariamente complicada. En Nueva York fue interesante trabajar con Torsten Wiesel, Premio Nobel de Fisiología (que lo compartió, entre otros, con David Hubel), de quien aprendí a pensar la ciencia hacia el futuro. En París, Stanislas Dehaene, a mi gusto, el mejor investigador del mundo en neurociencia humana, fue un mentor maravilloso en este campo, que apenas comenzaba cuando volví a la Argentina.”
El juego. “En una película de Robert Guédiguian, una pareja se juntaba cada año (en el puerto, con una copa de champagne) a preguntarse si seguían o si interrumpían. Su idea era que la relación no continuase por inercia sino solo si aún vivía el amor. En cierta medida, yo intento hacer eso con la ciencia. Cada tanto me pregunto si aquello que me trajo a esto (el gusto por descubrir, poder hacerse preguntas y armar modelos posibles de la realidad que puedan explicarlas como si fuesen piezas de lego, descubrir los rincones más ignotos de lo que somos) sigue siendo el motor de lo que hago”, comenta para graficar su gusto y elección por la investigación científica.
Hoy, instalado definitivamente al frente del Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Di Tella y de la UBA, todavía joven, es un referente para los futuros neurocientíficos. Muchos de ellos lo rodean a diario en su lugar de trabajo. La mayoría lo admira. 
*

No hay comentarios:

Publicar un comentario