El Místico

sábado, 5 de septiembre de 2015

A pie, en el frío, el éxodo de los refugiados desde Hungría

A pie, en el frío, el éxodo de los refugiados desde Hungría

Viena y Berlín los recibirán.Son casi tres mil, en su mayoría sirios. Budapest los rechaza pero tampoco los deja abordar los trenes. Entonces decidieron juntar sus pocas cosas y seguir caminado a Viena.

Keleti, la estación de trenes de Budapest donde se fueron agrupando durante días los refugiados que iban llegando desde el sur de Hungría tras un calvario por los Balcanes, amaneció el viernes bajo una fina lluvia y unos pocos grados menos.
Las madres lavaban bajo un grifo de agua fría a los nenes, algunos grupos de jóvenes apilaban basura y la ONG Migration Aid repartía una especie de desayuno: bocadillos de queso con verduras y leche para los chicos. Los jóvenes buscaban información. Sin autoridades a la vista, la prensa internacional era el destino de muchas preguntas sin respuesta.
A media mañana empezó a crecer entre algunos jóvenes, principalmente sirios, la idea de romper la situación. Rafik, un sirio de unos 20 años con el que este periodista había hablado ya el jueves y que dice haber cubierto el recorrido entre Raqqa –la ciudad que el ISIS ha tomado como su capital en Siria– y Budapest en 25 días y que en Siria caminó dos días enteros para huir hasta la frontera turca, decía: “nos vamos, aquí no nos quieren y no nos dejan tomar los trenes, nos vamos caminando”. 
Fue la primera mención que tuvo este periodista.
-¿A dónde vas? 
-Nos vamos a Viena.
-¿Cómo? 
-Caminando, tenemos mapas y algún gps.
-¿Sabes que son unos 250 kilómetros y que sin parar ni durante la noche tardarán días? 
-Eso no importa, nos tenemos que ir de aquí. Llegué hace cinco días, no aguanto más.
Los sirios, que saben que si llegan a Alemania tienen asegurada la residencia en Europa porque el gobierno de Angela Merkel prometió que daría asilo a todos los ciudadanos sirios, fomentaban la idea entre las casi 3.000 personas presentes en Keleti.
Al mediodía, por grupos, empezaron a guardar sus pocas pertenencias. La mayoría no lleva más que una bolsa a la espalda, algunos ni eso. Afortunado es quien tiene un abrigo porque las temperaturas empiezan a bajar. La marcha tendrá un efecto importante inmediato. Austria y Alemania anunció que recibirá a los inmigrantes que Hungría sólo expulsa.
Las más reticentes eran las familias con niños. “¿Dónde van a dormir los niños durante varias noches, en la autopista?”, preguntaba desconsolada una mujer siria que viaja con tres niños y su madre, sin hombres. Un pequeño grupo se servía de un altavoz para ir paseando por todos los pasillos de la planta baja de la estación animando a los demás. Sabían que si iban pocos los detendrían y los enviarían a los campos de retención. “Si somos muchos no podrán hacer nada”.
Poco después de las dos de la tarde empezó el movimiento. Primero parecía una manifestación con cientos de personas caminando por el centro de Budapest. Pero en cuanto cruzaron el Danubio y empezaron a salir de la ciudad, en cuanto se hicieron con la mitad de la principal autopista de Hungría, la que une su capital con Viena –la misma vía que usaron en 1956 los húngaros para escapar de la invasión soviética hacia Austria– las imágenes eran las de un éxodo. 
Niños a los hombros de sus padres, empujados en carritos, ancianos en sillas de ruedas y una marcha de varios miles de personas liderada por un joven sin una pierna y otro con una bandera europea. Muchos de los refugiados llevados ayer a un campo de retención en Bicske, unos 30 kilómetros al oeste de Budapest, también escaparon y se unieron a la marcha hacia la capital austríaca.
Al cierre de esta edición, el gobierno del nacionalista de derechas Viktor Orban se rendía a la evidencia y prometía que ponía en marcha inmediatamente una movilización de hasta 100 colectivos para llevar hasta la frontera austríaca a los miles de refugiados que a medianoche seguían caminando por la autopista y a los que se habían quedado en la estación de Keleti. Orban había dicho el jueves que no podía dejar marchar a los refugiados porque eso incumplía las normas de asilo europeas. Ayer, ante una situación que se le fue de las manos y que no tenía fácil solución si no quería usar la fuerza y provocar una crisis aún más grave, aceptó que su gobierno les lleve hasta Austria.
Mientras, al sur del país, en Röszke, el campo de retención pegado a la frontera serbia que Clarín visitó el martes, los refugiados, hartos de esperar en el limbo, reventaron y empezaron a protestar. Algunos tiraron piedras a la policía y los agentes respondieron con gases lacrimógenos. Dentro había hombres jóvenes, pero también ancianos y muchas mujeres y niños. La situación degeneró hasta el punto de que muchos saltaron la valla y volvieron a las vías del tren, para caminar hasta donde hiciera falta, al noroeste, a Budapest para seguir a Austria y a Alemania.
Las autoridades reforzaron aún más la frontera con Serbia y desde ayer es delito penado con prisión cruzar la frontera de forma ilegal. El gobierno de Orban está intentando de todas las formas posibles decirles a los refugiados en camino –porque estos días han llegado a Grecia más que nunca– que busquen otra ruta. El mapa es claro mientras Grecia, Macedonia y Serbia permitan el paso. En Belgrado, en lugar de seguir hacia Hungría, girarán a la izquierda hacia Croacia. De ahí a Eslovenia, Austria y Alemania.
Keleti, al cierre de esta edición, se preparaba para otro peligro. Anoche se jugó en Budapest un partido de fútbol clasificatorio para el Europeo del próximo año. Jugaban Hungría y Rumanía. La policía –y los refugiados– temían ataques por parte de los grupos de ultras neonazis, ligados al partido gobernante Fidesz y al ultraderechista Jobbik. Mientras, en uno de los pasillos de la planta baja de la estación, decenas de niñitos veían una película infantil gracias a los voluntarios de Migration Aid. Esperan poder irse el domingo a Austria. Rafik ya está de camino.



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