El Místico

domingo, 14 de junio de 2015

Con los mareros en una cárcel de Honduras


Con los mareros en una cárcel de Honduras

Tienen organización guerrillera. Toman su nombre de la hormiga marabunta. Se tatúan hasta los prontuarios.

Cuando solicité ver a los líderes de las maras en la cárcel de Tamara, en las afueras de Tegucigalpa, el funcionario del Ministerio del Interior hondureño me preguntó si estaba dispuesto a perder la vida. Entendí el comentario cuando finalmente me encontré frente a tres integrantes de la Mara Salvatrucha que representaban a los más de 300 pandilleros encarcelados allí. Tres tipos tatuados de la frente a la cintura, sin camisetas, con ojos de acero. Tenían sin duda más poder que sus carceleros, que desaparecieron apenas entraron a la sala de visitas. Me miraron con desprecio y me dijeron que ya no hablaban con periodistas. Se fueron antes de que pudiera replicarles algo. Me dieron tanto miedo que cuando llegó otro grupo de mareros, éstos “arrepentidos” que habían abandonado las bandas, me parecieron dulces niños de un internado. Después, con lo que me mostraron, volví a sentir la boca seca y ese temblor en el estómago. Varios tenían tatuados sus prontuarios en la espalda. Pequeñas tumbas con la palabra “RIP” y el sobrenombre de los que habían matado: “Panuda”; “Mocos”; “Chepa”. “Ese es por un policía que me palmé”, relató uno, como si contara lo que comió en el almuerzo. Los mareros son chicos que alcanzaron un nivel de primitivismo inconcebible para el siglo XXI.
En los años 50, en California, los jóvenes disconformes de esa época se agrupaban en pequeñas bandas que disputaban el dominio en el barrio. A lo sumo terminaba uno herido por algún navajazo. La más famosa de las pandillas de entonces, y que luego se convirtió en una banda criminal muy poderosa, era la de los Crips and Bloods. Cuando los anglos comenzaron a atacar a los mexicanos, éstos se organizaron para defenderse y copiaron el mismo esquema de las pandillas. El centro de sus actividades estuvo en el South-Central de Los Angeles. En los setenta, los hispanos se juntaban entre las calles 10 y 20 y cada esquina tenía una banda que rivalizaba con la de la siguiente. La gran explosión de estas pandillas se produjo con la llegada de los refugiados de las guerras civiles centroamericanas en los años 80. Fueron los que le incorporaron el esquema organizativo de células o clikas.
En 1992, la Policía californiana se enteró de la existencia de la Mara Salvatrucha (“salva” por salvadoreños y “trucha”, que en su jerga significa “piolas”, listos) porque sus miembros fueron los principales líderes del levantamiento popular (riots) que dejó en llamas buena parte del centro de Los Angeles. Los otros hispanos que llegaban en esos años se agruparon en la M–18, una antigua agrupación de mexicanos que ahora contaba con hondureños, guatemaltecos y nicaragüenses. El FBI comenzó a perseguirlos y a encarcelarlos. Y en las cárceles californianas las maras se entremezclaron y se hicieron poderosas. Controlaban buena parte del negocio de la droga y de la inmigración ilegal. En 1996, el Congreso estadounidense aprobó una ley por la que cualquier extranjero que purgara más de un año de cárcel debía ser deportado a su país de origen. Entre 2000 y 2004 fueron expulsados casi 20.000 jóvenes con prontuarios criminales a sus países en Centroamérica.
Los mareros encontraron el perfecto campo de cultivo: desocupación de más de la mitad de la población activa, pobreza extrema, desnutrición y analfabetismo por encima del 30%. Los gobiernos corruptos y una oligarquía miope hicieron el resto. Las maras comenzaron a reproducirse como hormigas carnívoras. Precisamente de ahí habían tomado su nombre, de la Marabunta, esa plaga de hormigas que ataca a una “república bananera” en el filme de 1954 dirigido por Byron Haskin y protagonizado por Charlton Heston. En Honduras, con una población de unos 7 millones, se estima que hay unos 60.000 mareros. En El Salvador, con 6,5 millones de habitantes, se cree que hasta el 10% de la población estaría vinculado de alguna manera a las maras. En Guatemala, hay unos 16.000. En México hablan de otros 50.000. En Estados Unidos, 100.000, con presencia en 35 estados.
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