El Místico

lunes, 3 de marzo de 2014

La mitad de la riqueza del planeta está en manos del 1% de la población


Autor

Manuel Dios Diz
Maestro jubilado. Presidente del Seminario Galego de Educación para a Paz y director de la Fundación Cultura de Paz en Galicia. Colaborador de MUNDIARIO.

La mitad de la riqueza del planeta está en manos del 1% de la población


Qatar
Qatar
El Estado español es hoy el más desigual de Europa, solo superado por Letonia.Zygmunt Bauman, catedrático emérito de Sociología en la Universidad de Varsovia, acaba su interesante libro, ¿La riqueza de unos pocos nos benefícia a todos?, con una magnífica cita de Arthur Koestler, de su Autobiografía II, La escritura invisible, que dice “La ceguera voluntaria es hereditaria”.
     Ni que decir tiene que Bauman refuta, con meridiana claridad, la pregunta que da título a su libro. Ni por asomo la riqueza de unos pocos, poquísimos en la actualidad, beneficia a la mayoría social. En absoluto. Se cumple así la profecía de Mateo con la que abre su reflexión: “Porque al que tiene, se le dará más y abundará, y al que no tiene, aun aquello que tiene le será arrebatado”. Como ya había adelantado Adam Smith, “donde quiera que exista gran propiedad, hay gran desigualdad. Por cada hombre rico tienen que existir, por lo menos, quinientos pobres”.
     Hoy en día, por desgracia, la tímida proporción establecida por Adam Smithestá ampliamente superada. Bien reciente es el estudio de Intermon Oxfam que muestra cómo 85 ricos, riquísimos, acumulan tanta riqueza como 3.570 millones de pobres, pobrísimos, en todo el mundo. La mitad de la riqueza del planeta está en manos del 1% de la población. Que acertada era la consigna del 15M!, somos el 99%... Y la situación de desigualdad en el mundo, y en la propia casa, no hace más que empeorar. En la época de la Ilustración, lo dice muy bienBaumann, el nivel de vida de cualquier lugar nunca duplicaba al de la región más pobre. Hoy, el país más rico, Qatar, presume de tener una renta per cápita 428 veces más alta que la del país más pobre, que es Zinbabue.
     Los daños colaterales de esta injusta distribución de la riqueza, a escala global, son brutales, no digamos el sufrimiento, pero la otra gran víctima de la profunda desigualdad es, precisamente, la democracia, también recortada, le llaman democracia ¡y no lo es!. La distancia que separa a los de arriba de los de abajo, en la jerarquía social, no para de incrementarse. La OIT estima que 3.000 millones de personas, casi la mitad de la población mundial, vive por debajo del umbral de la pobreza, se tienen que valer ¡con menos de 2 dólares diarios!. Las 20 personas mas ricas del mundo, entre ellos, nuestro Amancio Ortega, tienen recursos iguales a los de mil millones de pobres.
     La situación es tan paradójica que la diferencia entre los países mengua mientras que -dentro de cada país- la desigualdad crece. Uno de los cambios más dramáticos que se está produciendo es la degradación progresiva de las clases medias, su conversión paulatina en lo que conocemos por “precariado”. Hoy, el futuro de un niño o de una niña está claramente determinado por sus circunstancias sociales, por donde nació y por la situación social de sus padres, la buena estirpe, que diría Mariano Rajoy, y no en su propio talento y esfuerzo. En los años ‘60, el salario medio de un director ejecutivo era aproximadamente 12 veces mayor que el salario medio de un obrero fabril. Hoy, está por encima de las 531 veces.
   Los neoliberales de todos los pelajes dan por hecho que nuestras diferentes capacidades, como nuestra estatura, vienen determinadas por el nacimiento. Para ellos, las personas poco o nada podemos hacer para cambiar nuestro destino. Entre sus grandes mentiras está también la de pensar que el crecimiento económico resuelve todos los males, que el consumismo desmedido nos acerca a la felicidad, que la desigualdad entre las personas es natural y que la competitividad es el mejor camino para conseguir la justicia social. Mientras se esfuerzan por hacernos creer sus mentiras, la desigualdad social está creciendo a una velocidad sin precedentes. Las diez personas más ricas del mundo acumulan una riqueza equivalente a toda la economía francesa, la quinta del mundo. Y esto acontece, debido a los bancos, las grandes multinacionales y los políticos corruptos, en un tiempo de austeridad máxima para la inmensa mayoría, para el 99,9%.
     Richard Rorty, en “Forjar nuestro país: el pensamiento de izquierdas en los EE.UU del s. XX”, afirma que “mientras el proletariado esté distraído en su propia desesperación con acontecimientos ficticios creados por los medios de comunicación, los superricos no tienen nada que temer”. Y Daniel Dorling, por su parte, considera que de la misma manera que durante muchos siglos se consideró normal la esclavitud o que las mujeres no pudieran votar, “otras grandes injusticias de nuestro tiempo son, para muchos, sencillamente parte del paisaje de la normalidad”.
     No hay beneficios en la codicia, para nadie, sólo para los codiciosos. A este paso, la creciente acumulación de ira, de odio y de resentimiento social, explotará con certeza y a fe que derivará en violencias y destrucción, en saqueos e incendios, ¿nos suena de algo?, de tantos y tantos excluidos del festín de la codicia y lo lamentaremos. Si quedara una gota de cordura, aunque fuera por egoísmo lúcido, alguien tendría que mandar parar. Pero como dijo Koestler, “la ceguera voluntaria es hereditaria”.

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