El Místico

viernes, 9 de agosto de 2013

Los dragones que dormían bajo la cal

Los dragones que dormían bajo la cal

Las obras en una iglesia de Robledo descubren unas extrañas pinturas del siglo XV ocultas en la bóveda

Uno de los restauradores, ante las pinturas descubiertas. /CARLOS ROSILLO
Una sorpresa artística conmueve el panorama cultural madrileño: el hallazgo, en el interior de la bóveda de la iglesia parroquial de Robledo de Chavela, de una extrañísima e insólita serie de pinturas que representan varias decenas de dragones de gran tamaño. Los frescos, con abundante policromía en tonos rojos, negros, ocres, verdes y amarillos, muestran varias decenas de bestias que exhiben peligrosas colas, agudos espinazos, grandes fauces y, lo que resulta más inquietante, ojos pintados intencionalmente por su aún desconocido autor para resaltar miradas intensas. Los dragones se hallaban ocultos bajo una capa de cal extendida, presumiblemente, en siglo XVIII para combatir una epidemia de peste.
No hay explicación a la ubicación de las bestias en el celaje del templo, totalmente desconocida en el arte sacro y en la decoración de las iglesias madrileñas. Resulta especialmente enigmático, amén de raro, contemplar la disposición de los dragones a horcajadas de las nervaduras góticas de la bóveda, de manera que el cuerpo de la bestia se divide a ambos lados del eje dovelado. Grandes racimos de uvas ocupan las claves.
El hallazgo, presentado este jueves a los medios de información en la localidad robledana por la Consejera de Empleo, Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid, Ana Isabel Mariño, acaeció hace más de un año. Sobrevino durante las obras de restauración de la iglesia robledana de la Asunción de Nuestra Señora y no ha sido revelado hasta ahora.
El presupuesto inicial de la rehabilitación de la iglesia, que frisaba 300.000 euros, ha sido aumentado con 50.000 más para hacer aflorar todas las figuras ocultas de los reptiles con garras de león y poder así interpretar el misterioso significado de las pinturas allí descubiertas. Así lo señala el restaurador Carlos Martín, que dirige la actuación.
El restaurador relata fascinado su hallazgo, por cuyo desciframiento se siente especialmente concernido. “Primero pensamos que se trataba de escenas de batallas, porque parecían adivinarse lanzas y cascos, pero nuestra perplejidad fue mayúscula al ver que eran dragones y que fueron pintados sobre la bóveda nervada”, explica. “No sabemos todavía si su autor o autores emplearon una técnica al huevo o a la caseína”, añade. "Los dragones de Villa del Prado no guardan relación con el empaque, el tamaño ni la mirada de los que hemos encontrado".
El descubrimento casi simultáneo de un escudo heráldico medieval, coetáneo del de los dragones y signado por una suerte de triángulo o compás, también por algo muy semejante a un árbol, permite a Martín abrigar esperanzas de obtener información adicional para descifrar el enigma.
Los dragones, temibles y exóticos saurios de enormes proporciones —existe en Indonesia una especie animal con tal nombre, aunque de reducido tamaño— proceden de la Mitología, fueron incorporados a la simbología religiosa e identificados con el Mal Absoluto y el fuego diabólico. Ocuparon un amplio espacio del imaginario colectivo religioso de las gentes medievales. En la iconografía sacra medieval, la figura de San Jorge se asocia siempre al triunfo del beatífico y armado caballero contra un dragón, al que se representa vomitando fuego en un escorzo retorcido y malévolo.

Trabajos para recuperar los misteriosos trazados. / CARLOS ROSILLO

Pinturas de dragones feroces fueron plasmadas incluso durante el Renacimiento sobre tabla, lienzo y, en ocasiones, muros de templos. Sin embargo, lo verdaderamente singular del hallazgo robledano es que los dragones, en muy abundante número, se encuentran pintados en la bóveda de crucería de la iglesia medieval de Robledo de Chavela; por cierto, los ocho pináculos de su torre, de 35 metros de altura, que representan otros tantos vigías, dan nombre el municipio noroccidental madrileño -ocho velas. No hay precedente en la ornamentación sacra de una ubicación dragontea de esta suerte, ya que fue pintada a la altura de 18 metros del suelo, señaladamente en la cúpula nervada del templo.
Este espacio de las iglesias ha sido dedicado habitualmente a representaciones angélicas y esteladas, casi nunca a albergar animales maléficos y menos aún en proporción tan abundante. Cabe interpretar que fueran allí dispuestos bien por vivirse en la época de su construcción graves tribulaciones —presumiblemente la guerra civil castellana entre las huestes de Enrique IV y los seguidores de su hermana Isabel— o bien episodios heréticos o trances de amenazas y asechanzas contra la grey del templo o el vecindario del pueblo.
La iglesia de la Asunción de Nuestra Señora fue edificada en el siglo XV, con un estilo muy semejante al gótico normando que exhibe la catedral de Ávila, con torretas militares. En el siglo XVI fue ampliada en la zona del coro, con la particularidad de incluir un empedrado fingido, corregido óptuicamente para ofrecer al observador una mayor sensación de profundidad. Se cree que su arquitecto pudo ser, en torno al año de 1506, Juan Gil de Hontañón, alarife de la catedral de Salamanca. El templo cuenta con un retablo tardogótico que figura entre los de más nombradía del territorio madrileño junto con el del monasterio de El Paular, este también polícromo mas esculpido en alabastro.
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